El coche de policía estaba medio salido en la cuneta. En aquella carretera secundaria no solía haber mucho tráfico, y menos coches de autoridades locales fuera de su jurisdicción. Dentro alguien parece removerse. El piloto y copiloto aún están dentro, pero por lo que sea no tienen mucho movimiento, ni tan siquiera pueden hablar o gritar.

  

Se aproximan dos personas al vehículo andando tranquilamente. Una chica de pelo rubio platino, silba con cara de diversión. Va vestida con un mono totalmente negro y ceñido al cuerpo, pistoleras en la cintura y en el muslo derecho. En la parte de arriba lleva un chaleco antibalas. El que la acompaña es un hombre bastante grande de hombros, porte atlética, pero no se ve absolutamente nada de él. Va vestido totalmente de negro y la cara tapada por una máscara de gas y un casco kevlar de protección. Porta por delante del cuerpo un fusil de asalto y numerosas armas y equipamiento en cinturón y chaleco.

  

Mientras ella avanza burlona, él es profesional. Mantiene la mirada en todos lados, no quiere ser sorprendido. Parece llevar muchos trabajos a la espalda y por todo el equipamiento que lleva encima, es como si viniese o fuese a la mismísima guerra.

  

La chica llega finalmente a la puerta del piloto y la abre despacio. El chirrido resuena como el resorte de un ataúd el cual se abre para comprobar que hay dentro. Un policía joven, no debe tener ni veinticuatro años. Se remueve maniatado al asiento y con cinta americana en la boca. No puede moverse apenas nada y jadea desesperado. Conoce a quien se le acerca, quizás hayan sido ella o él quien le ha propinado todos esos golpes y abierto esas futuras cicatrices.

 

 

Nunca olvides lo mucho que te amo.
Nunca olvides mi admiración por ti,
Acuérdate cuando te enamoraste de mí y yo de ti.

Nunca dejes que nos hagamos daño, ni que maltratemos nuestros corazones.
Nunca te alejes de mí y no dejes que me aleje de ti.

Nunca dejes hundirme en la agonía
Nunca dejes que te invada la tristeza
Recuerda siempre nuestros momentos felices, y apóyate de ellos.

Nunca dejes de abrazarme,
Nunca olvides besarme.
Estaré aquí para siempre.

 

 

Dos sombras se encuentran en un oscuro banco del Parque del Príncipe. Es medianoche y parece que la reciente bajada de temperatura no parece perturbarles mucho. Ellos, al igual que el frío, también acaban de llegar y no tienen intención de marcharse a ninguna parte. Una de esas sombras, altiva y sonriente, entrega dos objetos a la sombra pausada de semblante severo, la cual las contempla asintiendo.
-    Bien, bien Marco… pero yo te pedí otra cosa más.

El joven Ragabash asiente y sonríe.
-    Y la tendrás, en breve tu petición vendrá a hacernos una visita.

La mirada del Philodox no se muestra del todo complacida, pero asiente mientras se guarda el colgante en el bolsillo, tras contemplarlo con ojos expertos. Un bonito colgante que representa la cabeza de un lobo, con una curiosa forma en su parte baja, como si otra pieza más encajara con él. Distraído comienza a hojear el diario del profesor Sebastián, como quien contempla sin mucho interés las instrucciones de un nuevo aparato electrónico.
-    ¿Cómo los has visto Marco?