El coche de policía estaba medio salido en la cuneta. En aquella carretera secundaria no solía haber mucho tráfico, y menos coches de autoridades locales fuera de su jurisdicción. Dentro alguien parece removerse. El piloto y copiloto aún están dentro, pero por lo que sea no tienen mucho movimiento, ni tan siquiera pueden hablar o gritar.

  

Se aproximan dos personas al vehículo andando tranquilamente. Una chica de pelo rubio platino, silba con cara de diversión. Va vestida con un mono totalmente negro y ceñido al cuerpo, pistoleras en la cintura y en el muslo derecho. En la parte de arriba lleva un chaleco antibalas. El que la acompaña es un hombre bastante grande de hombros, porte atlética, pero no se ve absolutamente nada de él. Va vestido totalmente de negro y la cara tapada por una máscara de gas y un casco kevlar de protección. Porta por delante del cuerpo un fusil de asalto y numerosas armas y equipamiento en cinturón y chaleco.

  

Mientras ella avanza burlona, él es profesional. Mantiene la mirada en todos lados, no quiere ser sorprendido. Parece llevar muchos trabajos a la espalda y por todo el equipamiento que lleva encima, es como si viniese o fuese a la mismísima guerra.

  

La chica llega finalmente a la puerta del piloto y la abre despacio. El chirrido resuena como el resorte de un ataúd el cual se abre para comprobar que hay dentro. Un policía joven, no debe tener ni veinticuatro años. Se remueve maniatado al asiento y con cinta americana en la boca. No puede moverse apenas nada y jadea desesperado. Conoce a quien se le acerca, quizás hayan sido ella o él quien le ha propinado todos esos golpes y abierto esas futuras cicatrices.

 

La chica se aparta el flequillo de la cara y sonríe. Mira a su compañero y vuelve a sonreír. El Juggernaut de asalto solo asiente y se aleja del vehículo vigilando el perímetro. Los dos policías se remueven desesperados intentando escapar. Ella se limita a sacar una grabadora, la colca en el salpicadero y pulsa el botón de reproducir. Lentamente comienza a sonar una canción:

 

 

De forma inmediata, saca de la pistolera de su cintura un arma y vacía el cargador sin compasión en el piloto. La víctima comienza a tener espasmos, se mueve intentando liberarse, pero eso hace que sangre más rápido. Ni un grito, solo el retumbar de los disparos que se pierden en el aire. Ella se agacha para mirar con sus ojos claros al copiloto desde fuera del coche, el cual mira horrorizado la escena. Su compañero acaba de morir y aún no comprende que está ocurriendo. Vuelve a mirarla, para encontrarse con una sonrisa pícara que solo puede provocarle un escalofrío en la espalda.

 

La mujer soldado anda por delante del coche en dirección a la puerta contraria. Camina tranquila sin dejar de mirar al copiloto. Parece disfrutar el momento en el cual su víctima relaja el esfínter del miedo que le provoca la situación. Sabe que va a morir.

 

La puerta vuelve a abrirse con el mismo sonido que la otra anteriormente y ella se acuclilla junto al copiloto. Le arranca de un tirón la cinta americana de la boca y el policía comienza a gimotear, a implorar piedad. Ella vuelve a sonreír.
- ¿Por qué estás tan tenso? ¡Oh! ¡Mira como lo has puesto todo! – dice haciendo referencia a la vergüenza del agente – Verás. Nos hemos perdido, sólo queríamos unas indicaciones nada más.

 

El hombre gimotea porqué, llora por la pérdida de su compañero y gira la cabeza para ver la espeluznante escena de su amigo cosido a balazos y sin vida, empapado en sangre. Vuelve a mirarla a ella, la cual no pierde su sonrisa.
- Tranquilo. No tiene por qué acabar todo aquí, ¿vale? – dice colocándole los hombros de la chaqueta. – Vamos a charlar tranquilamente. Quizás hemos empezado mal. Me llamo Natasha, y tú… – Se inclina para mirar su identificación - ¡Agente García! Encantada. Él es K.Q., no es muy hablador. Pero, ¡puedes hablar conmigo!

 

El agente mira incrédulo a su agresora, es como si se estuviera riendo de él, como si no tuviera ningún tipo de respeto por su vida. Intenta decir algo pero tiene que tragar saliva para pensárselo dos veces, finalmente esboza unas palabras mientras una lágrima recorre su rostro:
- ¿Qué quieres? – dice en un tono casi derrotado.
- Mira, podemos hacer esto rápido o a las bravas. Si, ha sido un poco sucio traeros hasta aquí lo sé, pero se os veía tan tranquilos en la ciudad y algo apartados que no pudimos resistir decir, ¿y si nos los llevamos a dar una vuelta?
- ¿Quiénes sois? ¿QUÉ DEMONIOS QUERÉIS? – la desesperación hace que eleve el tono de voz, algo que borra la sonrisa de Natasha.
- ¡Eh tio! Me estoy portando bien contigo. No me levantes la voz.
- ¡ERES UNA PSICÓPATA! – grita el miedo por el policía.
- Relájate, ¿vale? No te olvides de quien tiene las armas cargadas, el gatillo fácil y quién lleva las manos atadas… - Mira otra vez la identificación del policía – Agente García, eso.

 

La futura víctima se derrumba. Relaja los hombros y pasa de una actitud agresiva a una rendición inesperada, a una falta de fuerzas por luchar algo que está perdido.
- Te daré lo que quieras – dice con un hilo de voz. – Solo quiero volver a ver a mi mujer y a mi hijo…
- ¿Ves? A sí si da gusto tratar con la gente. ¡Comienzan las negociaciones!

 

La conversación se enturbia cada vez más y más. Natasha podría estar todo el día burlándose de su víctima como un tigre juega con su pequeña presa y le parece más divertido cuanto más intenta escapar. Utiliza insinuaciones y todo tipo de juegos hasta que derrite la mente de su adversario. Para ella es un encuentro en una discoteca con un desconocido, al que tantear y ver que puede sacar de él. Quizás solo quiera conocer a una nueva persona, quizás busque algo más. Para él es descubrir que el infierno existe.

 

Pero finalmente saca lo que quiere. Ubicaciones de Cáceres como un el nuevo hospital, un orfanato, una empresa farmacéutica de la ciudad y sacar a relucir algunos nombres: policías nacionales, guardias civiles, el comisario Valbuena, el alcalde, la señorita Redondo, entre otros.

 

Cuando la depredadora se siente satisfecha levanta la mirada para ver a su compañero en la cercanía. Le hace un gesto con el puño cerrado y ella asiente. Ella coge la grabadora en la cual sigue sonando una y otra vez esa canción y se vuelve a agachar un poco junto al asiento del policía, mientras pega un dispositivo negro en el techo, justo encima de su cabeza:
- Ha sido un placer conocerte agente García, pero el olor a meado y sangre ya me tiene un poco cansada – dice mientras comienza a pulsar botones en ese aparato. Cada pulsación emite un pitido que pondría nervioso a cualquiera en esa situación. – Es hora de despedirse. - Se queda parada un momento escuchando una vez más. - Me encanta esta canción.
- Por favor, replantéatelo. No diré nada, no tomaré represalias, ¡TE LO JURO! – suplica el agente. Ella le da un beso en la frente y se despide con la mano delante de su cara con una sonrisa.

 

Natasha se aleja del coche pensando en toda la información que ha obtenido. Llega a la altura de su compañero y le mira:
- Bueno, tenemos trabajo – mira su reloj y pulsa un botón. Una bomba incendiaria estalla de forma casi sigilosa dentro del coche, convirtiendo el aire en fuego. Los gritos del agente García ensordecen la armonía del lugar mientras Natasha mira el fuego con admiración – Es tan… ¡Deberían subirme el sueldo!

 

Su compañero le da un manotazo en el hombro y ella le mira de malas pulgas. A él no parece estarle gustando la situación del todo, pero ella replica. Finalmente se alejan los dos a pie, hacia algún lugar cercano a Cáceres. Discurre entre ambos una extraña pelea como lo harían dos personas que se conocen de hace muchos años. Pero en esa conversación, solo ella habla. Él solo se expresa mediante gestos. Debe ser cierto que es de pocas palabras.