Lorelei no es del todo consciente del peligro que va tras ellos. Pero ella tiene sueños. Quiere viajar, no estar bajo el yugo de sus padres. Quiere poder tomar sus propias decisiones, desentenderse de ese mundo que protege el velo. No quiere ver más muertes, no quiere llorar más pérdidas. Quiere ser libre.

 

Pero nada es fácil. Menos para ella y su familia. Su madre siempre busca su protección, llenar su cabeza de conocimiento para lo que pueda ocurrir. Lorelei aturdida de Umbra y todas las cosas que le cuenta su madre, está hastiada de tener siempre que contentar a todo el mundo. Y luego está Luther, el novio de su madre. Nunca será su padre ni lo aceptará como tal. Está cansada de sus órdenes y de sus intentos de pisotear sus sueños bajo la excusa “hacemos lo mejor para ti”.

 

La última conversación de los tres fue demasiado dura. Lorelei quería marcharse por su cuenta, aquel ser no la seguiría eternamente o desde un avión. Esa era su idea, pero en el fondo era una excusa para que su familiar no se arriesgara más. El diálogo tornó en discusión y su lapidario “si fueras lo suficientemente bueno como guerrero no seguiríamos huyendo”, hizo que casi Luther perdiera los estribos. Una vez Luther enfureció, una vez más ella gritó hasta quedarse sin aliento de la rabia y una vez más, su madre se fue a descansar ese día angustiada porque ve a su familia rota.

 

Lleva varios días sin apenas hablarlos, aunque continúan compartiendo viaje. Sabe que intentarse escapar es inútil, darán con ella enseguida. Piensa que es una joven a la que nadie quiere entender y comprender, pero su fallo es no mirar más allá de sus deseos.

 

Todas las noches sin excepción, escucha en su cabeza esa canción que le perturba. Menciona una palabra desconocida para ella, “Tili-tili-bom”. Es un cántico individual, que penetra en su mente como una migraña y la mantiene despierta gran parte de la noche. Habla de alguien que acecha en la oscuridad, que viene a por ella, y la necesidad de irse a dormir.

 

Pasaron los días y esta vez el canto es más fuerte en las noches. Casi como estuviera pared con pared. No suena solo dentro de su cabeza. Las noches se hacen eternas y llenas de pensamientos negativos. Para Lorelei, la desdicha que está viviendo, el no poder hacer lo que quiere y la eterna persecución, comienza a dejar un papel más relevante a la posibilidad del suicidio.

 

 

Y la última noche fue la peor sin duda. El cántico cambió. Ahora era un coro de muchos niños. Sonaban como si estuvieran en la misma habitación. Ella se desarropaba, buscaba con la mirada. La oscuridad no ofrecía nada y temerosa dio la luz, esperando encontrarse el mayor horror que podrían ver sus ojos.

 

No encontró nada, y en el momento en que la luz inundó el lugar, el canto cesó. Abrió la puerta del pasillo. El albergue era más siniestro de lo que creía a esas horas, y no había ni un solo ruido. Lorelei maldecía por la cantidad de albergues que ha visitado y el ruido que ha tenido que soportar en algunos, desde pareja mostrando su afecto carnal a borrachos llegando a horas intempestivas. Este maldito día, el más idóneo, había un silencio sepulcral.

 

Su madre nunca cerraba con llave. Sabía lo que pasaba en la cabeza de su pequeña, y a veces, Arabelle también quedaba en vela preocupada por su hija. Cuando Lorelei entró en la habitación, Luther estaba sentado en una silla, vigilante por la ventana. Ni tan siquiera se giró al escuchar la puerta, sabía perfectamente que era ella. Su madre la esperaba en la cama, en vela y cuando Lorelei se acercó, solo la arropó y la acurrucó a su lado. A pesar de todo lo que les había dicho, a pesar de su comportamiento y como manejó la situación, seguían estando ahí para ella. La querían.

 

Lorelei comenzó a llorar acurrucada contra su madre y ella intentaba consolarla. No se medió ni una palabra en ningún momento. Fuera comenzaba a llover en ese momento y Luther se mantuvo más alerta a lo que podía pasar afuera. La lluvia se volvió más densa, trayendo menos visibilidad hasta que comenzaron los truenos y relámpagos.

 

Lorelei no lloraba arrepentida. Lloraba porque el cántico era más fuerte en su cabeza. Ese coro de niños se hacía más intenso e intenso hasta el punto que se incorporó y gritó con todas sus fuerzas desesperada, quedándose con la mirada fija en el techo. El coro dejó de cantar y una sola voz sonó en la cabeza de Lorelei:

 

“Madre no hay más que una”

 

Cada palabra se arrastraba con rencor, transmitiendo un sentimiento de celos intenso. Esa voz solo la había escuchado dos veces, la primera en Leipzig, y había habido tantas muertes desde entonces. Sólo podía sentir un terror que paralizaba todos sus músculos y hacia vibrar sus ojos mientras miraba de forma atónita la nada. Arabelle abrazó a su hija pensando que algo malo estaba pasando.

 

Mientras esto ocurría, el cielo se iluminaba por la tormenta. Y en el aparcamiento se podía ver la silueta de aquella figura. Gran estatura, curvas femeninas, grandes cuernos y varios apéndices moviéndose a su alrededor. Las sombras a su alrededor comenzaban a apagar el gran destello del cielo. Luther se puso al momento de pie cogiendo su rifle:
-    Tenemos que marcharnos ya. – dijo en un tono de voz intentando mantener la calma.

 

Arabelle solo asintió. Estaban preparados para esto, el equipaje siempre estaba listo. Su estado de vigilancia y orden llegó a un nivel enfermizo en el que el mínimo fallo puede suponer el final de todo.

 

Pero Lorelei seguía catatónica, Madre la llamaba desde el aparcamiento y por dentro el terror se hacía más y más intenso. No podía ni tan siquiera mover su cuerpo. Luther se la cargó al hombro y salieron los tres de allí lo más rápido que pudieron.

 

Debían ganar ventaja, debían dar distancia con aquella criatura o no volverían a ver la luz del día. Viajaron durante dos días sin parar, nuevamente hacia el sur. Arabelle insistía en la actividad espiritual de un lugar en concreto. Sería el cebo perfecto y la forma de encontrar ayuda. ¿Qué madre con hambre de hijos y que no puede tenerlos, negaría la visita a un orfanato?

 

Pero esos dos días, Lorelei apenas medió palabra y su rostro no era de enfado. Había tenido a la misma muerte hablándola, comprendiendo una vez más el riesgo que corría. Fue cuando entendió, que huir no va a ser siempre la mejor opción. Ahora el sentimiento de estar condenada, caía realmente sobre sus hombros.