Mi dulce lobita, hoy he soñado contigo.

 

Esta noche la culpa y el dolor me han dado un descanso, y Morfeo me ha regalado una visión de ti, tal y como te imaginaba cuando me dormía las últimas noches acariciándome el vientre, en el que crecías.

 

Estábamos en el claro de un bosque en Irlanda. Lo sé porque la tierra allí es de un verde especial, casi mágico. Tú gateabas hacia mí, entre la hierba y los tréboles, y yo te cogía y te mecía en mis brazos. Te contaba historias de la tierra en la que estábamos y sobre nuestros ancestros, pero también te contaba historias sobre nuestra familia, cómo era Sergio, tu padre, lo valiente que era tu tío Hugo, lo mucho que aprendí de tu primo Phillip, lo maravillosa que es la tribu Fianna, a la cual perteneces desde que fuiste concebida. Te contaba además por qué te puse por nombre Cassandra, y quién fue la orgullosa guerrera que portó ese nombre antes que tú. Te hablaba del clan de Málaga, pero también de la aguerrida Camada de Fenris, de lo extendidos y necesarios que son los hijos de Rata, de lo curiosos que me parecen los Moradores del Cristal y de lo poco que hay que fiarse de los Señores de las Sombras, pese a lo gracioso que me parezca el acento de Marco.

 

Tú escuchabas atenta, con tus grandes ojos marrones, iguales que los de tu padre, muy abiertos. Con una mano me agarrabas un dedo y con la otra un mechón de mi cabello, del mismo color rojo cobrizo que el tuyo.

 

Mi dulce lobita, me hubiera gustado que ese sueño durase para siempre.

 

Pero en un momento dado tus ojos se fijaron en alguien a mi espalda y tus manitas me soltaron y se alzaron buscando a esa persona. Desde detrás sonó la risa inconfundible de Hugo, que cumplió tu silenciosa petición y te cogió en brazos. Con un “te quiero, Cassandra” y una sonrisa por despedida, empezasteis a caminar hasta el límite del claro, donde os esperaba el resto de la familia.
Mi dulce lobita, lo siento tanto.

 

Siento que tengas que irte, siento no haber sido capaz de protegerte, siento no haber sido mejor madre para ti. Tenía tanto amor que darte, tantas leyendas que relatarte, me duele tanto tu partida… Por favor, perdóname. Por favor, pídele a tu padre que me perdone. Al final no conseguí ser la persona sensata que él me inspiraba a ser y que tú necesitabas.

 

Adiós, mi dulce lobita. Mamá te quiere, no lo olvides, porque ella no va a olvidarte.

Realizado por: Clara