Duggan miraba decaído el anillo de su mano, ese anillo que le había regalado a Marcela. Lo miró con odio, odio a sí mismo, por la despreciable persona que era.

 

Había hecho daño a la persona que más quería. Alzó la vista y contempló la luna. Esa luna brillante, que guiaba su mirada a la oscuridad.

 

Echó a correr, no podía aguantarse. Corrió hasta cansarse, gritando, llorando, odiándose a sí mismo, hasta llegar a su casa. Abrió la puerta y entró. Todo estaba en calma, perfectamente colocado. Pasó al salón y allí, para recordarle su desgracia, la chaqueta que se dejó ella la vez anterior. Esa preciosa chaqueta, que le daba ese porte elegante que tanto le gustaba.

 

Empezó a llenarse de rabia. Todos habían perdido mucho, pero a él le dolía aún. Las lágrimas afloraban de sus ojos y cuando fue a limpiarlas, notó el dolor en su rostro. No solo el llanto, sino la marca del castigo de Vitaly. Se fue al espejo del baño y vio su cara surcada por esa brecha amoratada que tanto le dolía.

 

-¡Eres escoria!- gritó airado al espejo. Acto seguido su puño se incrustó en el cristal dejando caer pedazos del mismo a la vez que el resto se clavaban en su mano. La sangre brotaba de su mano tiñendo el lavabo de un color rojo intenso. Frustrado empezó a pagar su ira con el mobiliario del piso, pero era como decía Luther, ya no tenía cargas. Ya nunca más podría hacer daño a Marcela. Podía seguir protegiéndola aunque ella le odiara. Ya no tenía que mentir a la persona que amaba. Ya no tendría que aparentar y, aunque eso le aliviaba, seguirá queriendo poder abrazarla, sentir sus latidos, escuchar su tierna voz por la mañana, mimarla y acariciarla. Simplemente la quería.

 

Hundido miró por el balcón. Siete plantas separaban su ser del suelo, lo justo para dejar todo atrás. Se subió a la baranda, la altura y la escasa luz de la calle impedía a la gente darse cuenta de los vestigios de la vida de aquel desgraciado. Cinco centímetros, solo tenía que deslizar el pie un poco más y todo habría acabado. Alzó el pie dispuesto a terminar con todo aquello, pero como un martillazo en su pecho, las palabras de Luther le hicieron caer de espaldas, hacia la casa.

 

No tenemos cargas, pero aun así, tenemos una familia. Una familia que proteger. Somos los primeros para evitar que los demás sufran daño y nos retiramos los últimos para asegurarnos de que todos han salido”.

 

Esas duras palabras, resonaron durante toda la noche en la cabeza de Duggan. Él se había buscado todo esto. Había sido débil, pero eso se acabaría esa misma noche. Se encomendó a la luna prometiendo luchar por su familia, sabiendo, que ya estaba muerto, y que lo único que tenía que hacer de aquí en adelante era aguantar todo lo que viniera. Por la familia, por la Camada, y sobre todo, por Marcela. Quizás algún día le permitiera abrazarla una última vez antes de que todo acabase, antes de esa última batalla, antes de entregarse al regazo de la muerte.

 

Suena la puerta. El timbre ensordece el silencio y la niebla comienza a cubrir los exteriores. Él va hacia la puerta dubitativo, pensando quien puede llamar a estas horas. Mira por la mirilla y no puede dar crédito a lo que ve. La entreabre de par en par, con un sonoro golpe y obnubilado observa con auténtica admiración quien podría ser la solución de todos sus problemas. Se lanza a sus brazos para ser abrazado y en ese gozo entre tanta oscuridad, solo le sale pronunciar una palabra:

 

Madre

 

Realizado por: Gargaligas