Cecilia respiró hondo dos tres y cuatro veces mientras la adrenalina estallaba en sus venas. Cogió impulso a la carrera para saltar el maldito agujero. Debajo de este solo se veía oscuridad, telarañas y suciedad. La parentela se estiró todo lo que pudo para alcanzar el otro lado viendo cómo por poco caía al otro lado sobre las tablas de madera pero por desgracia estas crujieron y se rompieron debajo de ella. La parentela dio un chillido y trato de agarrarse al borde antes de caer a la oscuridad y darse contra los sacos y el heno que había puesto debajo. El impacto fue duro y  se quedó sin respiración por el golpe mientras todos sus músculos y huesos se quejaban de dolor. Sintió ganas de llorar pero la parentela se contuvo. Había sufrido palizas peores y conocía perfectamente la sensación cuando un hueso se rompía y esta vez no había sido así. Por un golpe así no merecía la pena derramar lágrimas. Además los hijos de la camada no lloraban y ahora ella era camada. No pensaba avergonzar a su familia y así misma haciéndolo. Se levantó y se sacudió el polvo de encima  dirigiéndose de nuevo a la cuerda que pendía del piso superior. Tenía las manos ya peladas de escalar por la cuerda y había manchas secas de su sangre en ella pero no le importo. Respiró hondo y volvió a hacerlo.

 

Arriba el agujero era ahora más grande que antes, volvió a intentarlo, volvió a coger carrerilla para tratar de saltar aquel obstáculo imposible solo para volver a caer una vez más. Y dos...y tres….el cansancio de sus músculos reclamaba que parase. Que lo dejase para la próxima vez. Que se rindiese.

 

Tumbada sobre los sacos contempló aquel enemigo invisible e invencible que estaba sobre su cabeza. El techo del enorme y destartalado granero estaba cubierto de agujeros y a través del agujero del primer piso podía ver algunos retazos del cielo. La oscuridad reinaba al otro lado y algunas estrellas se intuían en el cielo. La luna estaba ausente, era luna nueva. Su luna, o eso le habían dicho. La lámpara de aceite estaba a punto de consumirse por completo. Llevaba horas entrenando allí sin resultado.

 

La voz de Nicole se coló en sus pensamientos, “¿Para qué insistir en algo cuando sabes que es imposible? Deberías aceptar tu propia inutilidad y dejarlo estar”.

 

Los pensamientos son como tentáculos venenosos que una vez enraizados en el corazón es muy complicado que lo suelten. Cecilia dejó vagar su mirada por la habitación. Multitud de trastos abandonados y sin valor la rodeaban. Se sintió como ellos. Cerca de la lámpara había un espejo rajado y manchado apoyado contra la pared con un pesado marco de madera. Su reflejo le dio asco.

 

“¿No te das cuenta que la única razón de tu existencia es estar a mi lado? ¿No entiendes que soy a la única persona a la que le importas de verdad? Antes de mí no existías, cuando yo me vaya no existirás para nadie. “

 

La voz de Nicole era como una insidiosa letanía en su cabeza que se repetía una y otra vez, grabada a fuego en su piel. Cecilia sabía lo que otros veían cuando la miraban. Una criatura que daba lástima que había permitido que otra la usara, la golpease y la marchitase. Pero ellos no podían entender los lazos que había entre ambas. Ellos no podían entender que bajo el corazón enfermo de Nicole también había un ser que sufría y se lamentaba. Que no todo había sido malo, que hubo algunos momentos donde había habido luz entre toda la oscuridad. Cecilia sabía lo mucho que todos la despreciarían si lo supieran que a pesar de todo no podía odiarla.

 

Recordó aquella discusión como si hubiese ocurrido ayer mismo. Ella había llegado muy tarde después de una larga caminata desde el Ceres. La había encontrado llorando en el suelo del cuarto de baño desesperada. Nicole también tenía sus propios demonios y sus propios monstruos. Su perfecta e inocente cara estaba constreñida por el dolor y la rabia. Como siempre que se sentía así lo primero que hacía era atacarla para liberar toda su rabia. Después venían las disculpas. Pero esta vez se limitó a llorar desesperada. A echarle en cara que hubiese llegado tan tarde. No era la primera vez que la había encontrado así, al menos esta vez no se había autolesionado y el cuarto de baño no estaba lleno de sangre. La última vez lo había limpiado para que nadie en la casa lo supiese. Sus ataques de ira siempre venían después de ver a su padre y ella había visto su coche alejarse de la casa cuando estaba llegando. 

 

“No me dejes sola...por favor...no me dejes sola, sin ti yo tampoco soy nada”- había susurrado al final entre lágrimas.

 

Cecilia cerró los ojos y tembló. Esto no había terminado. Ella siempre la encontraba allá donde fuese por más lejos que se marchase. Era como si su destino estuviese unido. Cuando Nicole sufría ella destruía cada cosas que ella había amado, quizás era la única forma en la que su atormentado corazón podía alcanzar cierta paz. Cuando ninguna de las dos poseía nada más que a la otra. ¿Cómo iba a poder proteger a Alberto de Nicole después de que él la hubiese salvado? Ese pensamiento la llevó a aquella noche. Se preguntó si Nicole aun seguía en la cárcel y como estaría. A su pesar sintió lástima por ella y culpabilidad, no estaba hecha para estar encerrada en un lugar así. Ella detestaba los lugares pequeños y húmedos. Nunca se lo había dicho pero Cecilia siempre había sospechado que alguien la había encerrado en algún sitio así a menudo cuando era pequeña.

 

La desesperación clavó sus dientes en el corazón arrancado pedazos y ella se hizo un ovillo de sí misma tratando de protegerse de los demonios que había dentro de su corazón. Hacía mucho tiempo que ya no creía en los finales felices. Se tapó los oídos y empezó a hiperventilar, podía sentir como comenzaba un ataque de pánico que no podía controlar.

 

“Los he puesto en peligro….los he metido en todo esto….y todos van a sufrir por mi culpa. Mi manada por Nicole y Nicole por mi manada”

 

El lejano aullido de un lobo interrumpió sus pensamientos y la trajo de nuevo a la realidad. Abrió los ojos y se sentó mirando a su alrededor y su patético reflejo en el espejo, su tez blanquecina, sus ojos desencajados y sintió una vez más asco de sí misma.  Arrastró todos esos pensamientos hasta un rincón de su mente y se concentró de nuevo en el agujero. En el desafío que tenía delante de ella, algo que podía vencer.

 

El tenue sonido de las patitas de un ratón de campo al trepar por el metal llamó la atención de Cecilia que se levantó y se acercó al montón de herramientas y cuerdas. Algo semienterrado entre los cubos llamó su atención. Después miró los sacos y las protecciones que había puesto debajo y frunció el ceño. La parentela comenzó a apartarlos y apilarlos a un lado dejando la parte bajo el agujero despejada.

 

“Si sabes que puedes caerte sin consecuencias….te caerás…..” - dijo para sí misma.

 

Trepo la cuerda una vez más llevando consigo lo que había rescatado de entre los cubos, lo probo un par de veces lanzándolo hasta sentirse satisfecha y cogerle el truco. Después cogió impulso y en mitad de la carrera y lanzó el gancho con la cuerda a la viga por encima del agujero que se clavó con fuerza. En el salto usó la soga como un péndulo para pasar al otro lado del agujero. La cuerda solo aguantó su peso un momento, cuando a duras penas llegó al otro lado el gancho se desclavo cayendo por el agujero hasta el suelo con un sonoro chasquido arrastrando la cuerda consigo.

 

Cecilia respiro agitada y se dejó caer sobre la madera del suelo, lo había conseguido. Quizás no podría nunca correr tan rápido como un hombre lobo, o saltar tan lejos como un Garou. Pero se enfrentaría a los desafíos con otras armas y pasase lo que pasase llegaría al otro lado. No sintió alegría por haberlo conseguido. No podía, su corazón estaba demasiado vacío para poder sentirla, las cosas que habitaban dentro de él eran oscuras y estaban llenas de secretos que ni a la tenue luz de un candil podían decirse en voz baja.

 

Un aullido de un lobo se oía en la lejanía. La parentela se hizo un ovillo entre los sacos y el heno arrebujándose en su chaqueta y se entregó al mundo de los sueños. Sueños llenos de enormes lobos, lobos que luchaban contra sombras imposibles, lobos que eran engullidos por la oscuridad, lobos que cantaban a la luna canciones rotas. Lobos que la guiaban por el sendero de vuelta a casa. Una casa vacía, donde no había nada. Una casa donde solo había una niña pequeña. La niña tenía el rostro infantil de Nicole


“¿Quién eres?”

“La esperanza”

“¿Y por qué eres tan pequeña?

“Soy el reflejo de lo que hay en tu interior.”

“¿Y por qué siempre me haces daño cada vez que apareces?”

“Porque el amor duele.”

 

Realizado por: Leticia